La deuda impagable: México ante el espejo de su propia violencia

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Por Fernando P.

¿Con qué cara presumimos la hospitalidad mexicana cuando nuestras calles se han convertido en cementerios para las mujeres? El caso de Wendy Gabriela, como el de feminicidios recientes no son incidentes aislados; son el síntoma de una metástasis social que hemos decidido tolerar. Mientras los discursos oficiales hablan de progreso, la realidad —cruda, sangrienta y cotidiana— dicta que en México, ser mujer es un riesgo que el Estado, en su negligencia, ha normalizado.

El fracaso de la estructura

La impunidad no es un error del sistema; es su funcionamiento base. Hemos centrado el debate público en la elección de jueces y magistrados, un ejercicio democrático que, aunque relevante en la teoría, ha ignorado la verdadera cloaca de la justicia mexicana: la inoperancia y falta de prevención de las fiscalías y el “valemadrismo” institucional de muchos Ministerios Públicos.

De nada sirve renovar la cúpula del Poder Judicial si en la base —donde la víctima llega a pedir auxilio tras ser violentada— la respuesta sigue siendo la revictimización, la pérdida de pruebas y la lentitud deliberada. Los expedientes se empolvan mientras las vidas se apagan. Las autoridades van y vienen, los colores partidistas cambian, pero el mecanismo de desprotección hacia la mujer permanece intacto.

La ilusión del poder representativo

No basta con que por fin tengamos, qué bueno, a la primera mujer en la silla presidencial, ni que las gubernaturas se pinten de femenino si el ejercicio de la ley sigue siendo patriarcal u omiso. La representación sin transformación es solo una estética del cambio. Si la llegada de mujeres al poder no se traduce en una cruzada frontal, radical y con recursos ilimitados para erradicar la violencia, entonces solo estamos cambiando el género sin que se combata la indiferencia.

La complicidad del mercado

Como comunicólogo y perodista observo con indignación el actuar de la comunicación social institucional, siempre más preocupada por la gestión de la imagen que por la gestión de la crisis. Pero más indignante aún es el silencio cómplice de la iniciativa privada.

Las mujeres sostienen los emporios empresariales de este país. Desde la industria de cosméticos y moda hasta la de alimentos, lácteos, electrodomésticos y artículos escolares, el consumo femenino es el pilar que sostiene las grandes fortunas. ¿Dónde está el compromiso social de estas marcas? ¿Por qué la mercadotecnia es capaz de capitalizar el “ser mujer” para vender productos, pero es incapaz de alzar la voz para realizar mensajes de prevención y aportar una ideolgía que condene la muerte de sus propias consumidoras? El sector privado ha lucrado con el género, pero ha fallado en defender su integridad. Es una hipocresía que debe terminar: quien vive del mercado femenino tiene la obligación ética de exigir un entorno seguro para él.

El llamado a la acción

La normalización de la violencia en el seno de las familias mexicanas es el caldo de cultivo que alimenta esta tragedia. Mientras sigamos educando en la indiferencia y consintiendo la violencia doméstica, ninguna ley será suficiente.

Es momento de entender que nadie vendrá a salvarnos. La sociedad mexicana debe dejar de ser espectadora. Necesitamos una cruzada nacional, una movilización que trascienda la indignación en redes sociales y que exija, con el peso del consumo y la presión cívica, una reingeniería total de nuestras instituciones de justicia.

Si no levantamos la voz hoy, si no obligamos a las empresas a posicionarse y si no forzamos a las autoridades a abandonar su indolencia, el próximo nombre en la lista de feminicidios podría ser cualquier mujer que amamos. La civilidad de un pueblo se mide por cómo trata a sus mujeres; hoy, México está reprobado.

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