Perdió la selección, ganó México: Cuando perder en la cancha ya no es perder la patria

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Por: Ulises M.

Durante décadas, el fútbol en México no fue solo un juego; fue un gigantesco pararrayos social. Cada cuatro años, una sociedad lastimada, silenciada y al límite de sus fuerzas depositaba sobre los hombros de once jugadores en short y camiseta verde toda la frustración, el dolor y la esperanza que el sistema político le negaba. Hoy, en pleno 2026, la selección mexicana vuelve a perder —esta vez un doloroso pero digno 3-2 ante Inglaterra en nuestra propia casa—, pero la atmósfera en las calles es radicalmente distinta. Ya no hay ese vacío en el estómago, ese pesimismo existencial de quien lo ha perdido todo. ¿Por qué? Porque hoy la selección es solo un equipo de fútbol, no el único asidero de nuestra golpeada identidad nacional.

El pararrayos de la dictadura perfecta

Para entender el alivio del presente, hay que recordar el peso del pasado. En los años del “priato”, la disidencia era castigada y el silencio era la norma. No se podía tocar al Presidente, al Ejército ni a la Virgen de Guadalupe. ¿Quién cargaba entonces con las frustraciones colectivas provocadas por las devaluaciones, el desempleo, la corrupción rampante y los fraudes electorales? La Selección Nacional. Aquellos “ratones verdes” eran las víctimas propiciatorias de un México sin esperanza.

Cómo olvidar el Mundial de México 1986. Solo un año antes, el sismo de 1985 había desnudado la corrupción y la inoperancia criminal del gobierno de Miguel de la Madrid. La eliminación ante Alemania en cuartos de final provocó que el mítico comentarista Fernando Marcos soltara aquel catártico: “Te odio, Alemania”. No odiábamos a los alemanes por jugar mejor; odiábamos la impotencia de nuestra propia realidad.

El ciclo se repitió con dolorosa precisión:

  • 1994 (Estados Unidos): Tras el escándalo de los “cachirules” y la posterior eliminación en penaltis, el país despertó del sueño primermundista de Carlos Salinas de Gortari para encontrarse con un tendal de empresas estatales rematadas a extranjeros, el levantamiento zapatista en Chiapas, magnicidios políticos y la entrega del poder a un gris Ernesto Zedillo que inauguró su gestión con el saqueo del Fobaproa.
  • 1998 (Francia): Otra vez Alemania y otra vez el resignado decreto nacional: “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”. El supuesto orgullo nacional se reducía a meter mentalmente a 120 millones de mexicanos a la cancha para maquillar la miseria diaria.
  • 2002 (Corea-Japón): Con la llegada de Vicente Fox se prometía un cambio que resultó ser un espejismo. Ser eliminados 2-0 por el “archirrival” histórico, Estados Unidos, dolió en el alma porque el gigante del norte nos avasallaba en la geopolítica y, ahora, también en la cancha.
  • 2006 (Alemania): Tras caer ante Argentina el 24 de junio, la sociedad mexicana enfrentó una semana después un monumental fraude electoral que impuso a Felipe Calderón. La verde volvió a ser el único refugio para sobrellevar la imposición.
  • 2010 y 2014 (Sudáfrica y Brasil): México se desangraba en una absurda “guerra contra el narco” calderonista, abriendo paso al regreso del PRI con Enrique Peña Nieto mediante la compra de votos con tarjetas Soriana. Un sexenio marcado por el gasolinazo, salarios de miseria y la tragedia de los 43 de Ayotzinapa. El “no fue penal” ante Holanda en 2014 fue el grito de rabia de una sociedad que se sabía estafada en todos los ámbitos de la vida pública.

El fútbol era el “pan y circo” perfecto: un distractor de nombres y apellidos de quienes saqueaban a la nación mientras el pueblo lloraba un penalti fallado o una mala marca defensiva.

El punto de quiebre: 2018 y el nacimiento de otra representación

El divorcio definitivo entre la desgracia nacional y el resultado de la cancha ocurrió el 1 y 2 de julio de 2018. El 2 de julio, la selección cayó sin manos 2-0 contra Brasil en Rusia. Pero a nadie le importó realmente. Un día antes, el 1 de julio, 30 millones de votantes habían decidido mandar a la banca al PRI y al PAN para elegir a Andrés Manuel López Obrador como el presidente número 65 de la República.

Por primera vez, el triunfo de la sociedad civil en las urnas eclipsó por completo la derrota deportiva. La ciudadanía encontró su verdadera representación en las decisiones políticas y democráticas, arrebatándole al poder oligárquico el monopolio de nuestra identidad. En Qatar 2022, tras una devastadora pandemia, la derrota ante Argentina pasó a segundo plano; el pueblo ya no necesitaba de once jugadores para sentirse dignificado, porque el poder político ya no se percibía ajeno, sino propio.

2026: Perder en la cancha ya no es perder la patria

Hoy, la historia se reescribe. En este Mundial de 2026, caímos ante Inglaterra por 3-2. Es una derrota deportiva en nuestra propia tierra, sí, pero el ambiente que se respira es de absoluta tranquilidad. Ya no hay rabia acumulada, ya no hay luto nacional.

Hace apenas unos años se ratificó la continuidad de este proyecto con el histórico triunfo de Claudia Sheinbaum, quien obtuvo más de 35.9 millones de votos (un apabullante 59.7%), superando con creces a toda la oposición junta.

México ha cambiado la percepción que se tiene de él en el mundo entero. Lejos de las absurdas narrativas de quienes predecían una dictadura comunista, hoy somos un país profundamente democrático, hospitalario y soberano que ha logrado rescatar de la pobreza a más de 13 millones de compatriotas.

Aún falta mucho camino por recorrer en estados y municipios para llegar a la nación que merecemos, pero el rumbo es el correcto. Hoy la selección mexicana puede perder y podemos analizarlos con rigor deportivo, enojarnos por un cambio tardío o celebrar un buen gol. Pero al apagar el televisor, salimos a la calle sabiendo que la dignidad del país no depende de un balón de fútbol, sino de la soberanía de su gente. Perdió la selección, pero hoy más que nunca, gana México.

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