El rayo que desmanteló al régimen Priísta: Cuauhtémoc Cárdenas y la cimentación de la democracia mexicana

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Por: Ulises M.

Hay momentos en la historia de las naciones donde el Cause de la vida pública cambia de manera irreversible. Para el México contemporáneo, ese punto de quiebre indiscutible ocurrió en 1988 —año histórico en el que la hegemonía del Partido Revolucionario Institucional (PRI) sufrió una sacudida telúrica de la cual jamás volvió a recuperarse del todo—. El artífice central de esta hazaña política fue el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, cuyo legado trasciende las siglas partidistas para consolidarse como el pilar fundamental del tránsito democrático en el país.

El contexto no podía ser más hostil. El PRI de finales de los años ochenta se había transformado en un aparato corporativo, volcado a una agenda neoliberal que renegaba de los principios sociales de la Revolución y que operaba bajo el sometimiento absoluto del aparato estatal. Frente a esa traición a los ideales populares, una fracción crítica encabezada por Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo decidió romper desde dentro. La creación del Frente Democrático Nacional (FDN) logró lo que parecía imposible: unir a diversas fuerzas de izquierda y de oposición, sumando a figuras de inmenso peso moral y democrático como el ingeniero Heberto Castillo y la activista Rosario Ibarra de Piedra.

Lo que aconteció en la jornada electoral de 1988 permanece grabado en la memoria colectiva como uno de los fraudes más descarados del siglo XX en América Latina. Con credenciales de elector sin fotografía, con un control absoluto de las casillas por parte del gobierno y con la vil amenaza a los trabajadores de las instituciones públicas —quienes eran chantajeados con perder sus empleos si votaban por la oposición—, la campaña sucia del Estado fue implacable. Sin embargo, el respaldo popular hacia Cárdenas era aplastante. La famosa “caída del sistema” orquestada desde la Secretaría de Gobernación no fue más que el silencio cobarde de un régimen incapaz de asimilar que el hijo del general Lázaro Cárdenas les había ganado las urnas en buena ley.

La imposición de Carlos Salinas de Gortari tras el fraude de 1988 consolidó una etapa profundamente dolorosa para el país: la instauración formal y acelerada del modelo neoliberal en México. Aquella administración no sólo entregó los sectores estratégicos de la economía nacional y desmanteló el Estado de bienestar social que con tanto esfuerzo habían construido las generaciones de la Revolución, sino que consumó una flagrante traición al espíritu de justicia social, soberanía y libertades públicas que el general Lázaro Cárdenas había impreso en la historia nacional.

A pesar del despojo de la presidencia de la República, el verdadero triunfo de Cárdenas no se midió en la banda presidencial que le fue arrebatada, sino en el cambio de era que detonó. Su empeño por democratizar a México dio vida al Partido de la Revolución Democrática (PRD) en 1989, una fuerza que durante casi dos décadas funcionó como el gran contrapeso democrático y la casa de la izquierda mexicana.

Cárdenas volvió a contender en 1994 y en el año 2000, enfrentando inercias de un sistema que prefirió pactar la alternancia con la derecha de Vicente Fox antes que permitir el triunfo de la izquierda histórica. Con el paso de los años, las pugnas internas y las traiciones a los principios fundacionales provocaron el desgaste del PRD tras los procesos de 2006 y 2012, coyuntura de la cual emergería Andrés Manuel López Obrador para refundar el movimiento popular a través de Morena y conquistar finalmente la presidencia en 2018.

Mirado en retrospectiva, el mapa político del México actual no se explica sin la dignidad, entereza y altura de miras del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas. Aunque las urnas maquilladas le negaron el Ejecutivo Federal, la historia le otorgó un reconocimiento mucho mayor: el de ser el hombre que rompió el mito de la invincibilidad del régimen autoritario y el verdadero arquitecto de la transición democrática en México.

Con la partida del ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, se cierra un capítulo monumental de la dignidad política en México. Su vida entera fue un testimonio de congruencia frente a los atropellos del autoritarismo y un recordatorio constante de que la democracia no se regala, se conquista con lucha cívica y resistencia popular.

Su legado perdura en cada espacio de participación ciudadana y en la conciencia colectiva de un pueblo que aprendió a perder el miedo gracias al parteaguas histórico que él encabezó.

Descanse en paz el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas.

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