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Por: Fernando P.
El 8 de marzo llega a México no como una celebración, sino como un recordatorio punzante de lo que hemos dejado de ser: una comunidad que se cuida. Mientras las calles se tiñen de violeta, la realidad fuera de las vallas publicitarias y los discursos oficiales nos devuelve una imagen distorsionada y cruel. Lo que hoy lacera al país no es solo la violencia desatada, sino la metástasis de una enfermedad más silenciosa: la indiferencia.

Hace apenas unos días, el asfalto de Ecatepec fue testigo de una escena que desafía cualquier lógica de humanidad. Un hombre abandonó un tambo con los restos de una mujer, depositándolo en la vía pública con la naturalidad de quien saca la basura. Lo verdaderamente aterrador no fue solo el acto perverso, sino el vacío de respuesta. Nadie reclamó, nadie detuvo el paso, nadie increpó. Ese tambo es el monumento a nuestro miedo, pero también a nuestra apatía. Nos hemos convertido en espectadores de lo atroz, normalizando el horror para poder seguir caminando.

El mapa del desamparo
Esta erosión del tejido social no es un hecho aislado. Se replica en los pasillos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos (UAEM), donde en menos de quince días tres estudiantes han desaparecido; por suerte una ha sido localizada con vida; sin embargo surge la pregunta: ¿Cómo es posible que en recintos que deberían ser santuarios del saber y la seguridad, el futuro se esfume sin dejar rastro?
La tragedia se extiende al entorno digital y de servicios: el caso de la joven que solicitó un MotoDidi y cuya ruta terminó en un feminicidio es la prueba de que, para las mujeres en México, la movilidad es una ruleta rusa.
Un sistema que falla y una sociedad que calla
Hemos transitado hacia una democracia formal, pero en la práctica vivimos un naufragio institucional. El sistema judicial mexicano tiene una deuda histórica que no se salda con cuotas de género en oficinas, sino con sentencias y búsquedas reales. La ciudadanía tiene mucho que reclamar a jueces y fiscales, pero también debemos mirarnos al espejo: ¿En qué momento nos volvimos cómplices por omisión?
El discurso político actual ha caído en un maniqueísmo peligroso que, en ocasiones, parece criminalizar la figura del hombre de forma genérica, perdiendo el foco de la verdadera urgencia: hacer justicia. Mientras el debate se pierde en retóricas ideológicas, las madres buscadoras siguen rascando la tierra con las uñas, las trabajadoras enfrentan acoso en oficinas gubernamentales y las estudiantes temen no volver a casa.
Más allá de la marcha
El 8 de marzo no puede reducirse a una jornada de protesta anual. Debe ser el punto de partida para una exigencia de seguridad integral que trascienda el género y recupere la confianza ciudadana.
- Justicia para las desaparecidas: No son expedientes, son vacíos en una mesa familiar.
- Seguridad en las calles: Que un viaje en aplicación no sea una sentencia de muerte.
- Trato digno: En empleos, escuelas y, fundamentalmente, en el núcleo familiar.
Si no somos capaces de recuperar la capacidad de indignarnos ante un cuerpo abandonado en una calle de Ecatepec, si no podemos exigir cuentas por los estudiantes que faltan en Morelos, entonces la democracia es solo una palabra vacía. Este 8 de marzo, la verdadera revolución sería volver a mirarnos como ciudadanos responsables del otro, rompiendo el pacto de silencio que nos está matando a todos.
Me parece repugnante que haya ese tipo de hombres por que venimos de una mujer y tenemos hermanas tías abuelas y no nos gustaría q algo malo les llegara a pasar ojalá todos los hombres tuviéramos los mismos valores para q esto termine
Este paro refleja el cansancio y la lucha de mucha mujeres que buscan seguridad y respeto. Cuando un país entero siente el silencio de quienes lo sostienen todos los días, algo importante está intentando decirse
Este paro refleja el cansancio y la lucha de mucha mujeres que buscan seguridad y respeto