La Presidenta da la Cara en la Tragedia, los Alcaldes en las Redes

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El Ahuizote.

En medio de la tragedia que azota a cinco estados de la República, la presidenta Claudia Sheinbaum se enfrenta a una encrucijada que pone a prueba no solo su temple, sino el de la autodenominada Cuarta Transformación. Las imágenes de la mandataria recorriendo zonas devastadas por las lluvias en Veracruz, Hidalgo, Puebla, Querétaro y San Luis Potosí, escuchando los reclamos de una población desesperada, contrastan dolorosamente con la parálisis y el silencio de muchos de los alcaldes de su propio partido, Morena, quienes parecen gobernar más para la foto en redes sociales que para el pueblo que los eligió.

El grito de hartazgo no es contra la Presidenta, sino contra la ineficacia de ediles que, a más de un año de las elecciones de 2024 y a siete del triunfo histórico de 2018, no han entendido que el festejo ya terminó. La ciudadanía, que les otorgó su confianza con la esperanza de un cambio verdadero, hoy se siente desencantada y abandonada. La poca sensibilidad ante las demandas más urgentes es alarmante. Mientras la gente pierde su patrimonio y, en el peor de los casos, a sus seres queridos, algunos munícipes se han limitado a gobernar desde la comodidad del escritorio, colgándose de las acciones de los gobiernos estatales y de la Federación.

El ejemplo de Poza Rica, Veracruz, es emblemático. Durante su visita, la presidenta Sheinbaum no solo se enfrentó a la devastación, sino también a la frustración de ciudadanos que le increparon la falta de ayuda y la tardanza en las alertas. Optó por escuchar a los pobladores, por encima de los discursos oficiales. Este gesto, aunque necesario, revela una peligrosa desconexión entre los distintos niveles de gobierno. ¿De qué sirve un despliegue federal si en la primera línea de batalla, en el municipio, la respuesta es tibia y burocrática?

Es imperativo que desde la dirigencia del movimiento se llame a cuentas a quienes están fallando. La popularidad de la Presidenta es amplia, cimentada en años de trabajo y cercanía con la gente, pero no es un cheque en blanco. Su capital político puede verse mermado si la ciudadanía percibe que sus compañeros de partido no están a la altura de las circunstancias. La fortaleza de un gobierno se mide en su capacidad de respuesta coordinada, y hoy, esa coordinación parece rota en lo local.

Gobernar no es una fiesta perpetua ni una campaña electoral permanente. Exige responsabilidad, empatía y, sobre todo, resultados. Los munícipes morenistas que llegaron al poder con bombo y platillo deben entender que su labor es estar en el territorio, organizando, gestionando y atendiendo a la gente, no esperando a que los problemas se resuelvan desde Palacio Nacional.

La presidenta Sheinbaum ya tiene suficientes frentes que atender. Desde las complejidades de la relación con Estados Unidos y los previsibles embates de un posible regreso de Donald Trump, hasta escándalos internos como los recientes casos de corrupción que han salpicado a funcionarios públicos y han requerido una postura firme ante la Marina. Si a esta compleja agenda se le suma la necesidad de suplir las carencias de sus propios alcaldes ante los embates de la naturaleza, la tarea se vuelve titánica.

Es hora de que la disciplina y la exigencia se apliquen dentro de casa. De lo contrario, en cada gira, en cada comunidad que visite para atender una emergencia, a la Presidenta le seguirán lloviendo los justos reclamos por lo que sus correligionarios, en sus pequeños feudos de poder, están dejando de hacer. Y ese desencanto, estimado lector, es una grieta que ningún programa social podrá resanar.

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