El Terremoto que Despertó a México: Cicatrices y Lecciones del 85

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El Ahuizote

El sismo del 19 de septiembre de 1985 no solo sacudió la tierra; agrietó los cimientos de un sistema político que se creía inamovible y despertó a una sociedad civil que descubrió su propia fuerza ante la parálisis y la omisión gubernamental. Aquella tragedia nacional, que hoy recordamos con un nudo en la garganta, fue mucho más que un desastre natural: fue el catalizador que desnudó la corrupción, la ineficiencia y el profundo divorcio entre el gobierno del PRI, encabezado por Miguel de la Madrid, y el pueblo de México.


La Ausencia del “Papá Gobierno” y el Nacimiento del Poder Ciudadano

Mientras los edificios se derrumbaban, también lo hacía la imagen de un “papá gobierno” proveedor y protector. La reacción inicial del presidente De la Madrid fue de una lentitud pasmosa, minimizando la catástrofe y rechazando, en un primer momento, la ayuda internacional. En ese vacío de poder, surgió la verdadera grandeza de México: la sociedad civil organizada. Miles de ciudadanos, armados con cubetas, palas y una voluntad inquebrantable, se lanzaron a las calles. Formaron brigadas de rescate, removieron escombros con sus propias manos y lograron lo impensable: sacar a personas con vida de entre las ruinas.

Esta espontánea y masiva movilización ciudadana, sin embargo, pronto se convirtió en una incomodidad para un gobierno temeroso de perder el control. La decisión de replegar a los voluntarios para dar paso al ejército y a la maquinaria pesada fue un golpe devastador para la esperanza. Para muchos, significó el fin de la búsqueda de sobrevivientes y el inicio de la demolición de edificios que aún podían albergar vida. El gobierno, en su afán por proyectar una imagen de orden, silenció las voces y la labor heroica de su propia gente, evidenciando un miedo profundo a una ciudadanía empoderada y organizada.


La Corrupción que Mata y la Deuda Burocrática

El terremoto no solo exhibió la inoperancia del gobierno, sino también la red de corrupción que había permitido la construcción de miles de edificios con materiales de ínfima calidad y sin apego a ninguna normatividad de resistencia sísmica. Hospitales, escuelas y unidades habitacionales construidas por el propio estado se vinieron abajo como castillos de naipes, sepultando a miles y dejando a innumerables familias sin patrimonio.

Para estas familias, el sismo fue solo el comienzo de una larga pesadilla. La burocracia para la reconstrucción y la recuperación de sus hogares se convirtió en un laberinto de trámites, insensibilidad y corrupción. Muchos jamás recuperaron lo perdido, quedando atrapados en la precariedad mientras los responsables de las construcciones fraudulentas gozaban de impunidad.

Un caso emblemático de esta injusticia fue el de las costureras de San Antonio Abad. Cientos de mujeres murieron atrapadas en talleres clandestinos que no contaban con las mínimas condiciones de seguridad, sin prestaciones de ley ni garantías laborales. Su tragedia visibilizó la explotación y la desprotección a la que estaban sometidas, convirtiéndose en un símbolo de la lucha por los derechos laborales y la dignidad humana.


El Principio del Fin del Régimen Priista

El sismo de 1985 fue el parteaguas que marcó el inicio del fin de la hegemonía del PRI. La sociedad mexicana, que había aprendido a organizarse y a desconfiar de sus gobernantes, ya no era la misma. La experiencia del 85 fortaleció la conciencia de que la participación ciudadana era la única vía para construir un país más justo y seguro. Se sentaron las bases para una incipiente cultura de la protección civil, nacida no desde las instituciones, sino desde la propia gente.

Este despertar cívico tuvo su primera gran prueba en las elecciones de 1988. El descontento acumulado se canalizó en un apoyo masivo a la oposición, pero el régimen, aferrándose al poder, recurrió a un descarado fraude electoral para imponer a Carlos Salinas de Gortari. Aunque lograron mantenerse en el poder, la legitimidad del sistema estaba herida de muerte.

El largo camino de la transición democrática, con sus altibajos y desafíos, había comenzado. La semilla de la organización ciudadana sembrada en medio de los escombros del 85 germinó a lo largo de las décadas, alimentando movimientos sociales y políticos que buscaron transformar la realidad del país. La histórica votación de más de 30 millones de electores que llevó a Andrés Manuel López Obrador a la presidencia en 2018 no puede entenderse sin ese punto de quiebre. Fue la culminación de una larga lucha de una sociedad que aprendió, a un costo altísimo, que el destino del país no podía seguir en manos de un “papá gobierno”, sino que debía ser tomado en sus propias manos.