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Por: Terán L.
La reciente detención de Alejandro “N”, alias “El Choko”, y su pareja sentimental no es solo una nota roja más en la crónica diaria del Valle de México; es el crudo reflejo de una realidad que ha mantenido en jaque a miles de ciudadanos. La caída del presunto líder de “La Chokiza” destapa un imperio del miedo construido sobre la usura, la extorsión, el cobro de piso y los infames “montachoques”, métodos que despojaron a familias de su patrimonio y su tranquilidad.

Sin embargo, el aspecto más alarmante de este caso no reside únicamente en el prontuario del detenido, sino en la sombra de complicidad y ceguera política que lo cobijó. ¿Cómo fue posible que un grupo con tal capacidad de generar violencia convirtiera a Ecatepec en su bastión? La respuesta, lamentablemente, parece apuntar a quienes deben gobernar.
Surge un cuestionamiento ineludible sobre el actuar del gobierno municipal de Ecatepec, hoy encabezado por Azucena Cisneros. Si bien su administración es reciente, su campaña electoral dejó una estela de dudas que hoy cobran una relevancia dolorosa. Fue durante esa contienda que la entonces candidata, en su afán por sumar adeptos, le otorgó a “El Choko” una suerte de “baño de pureza”, ungiéndolo públicamente como un “buen ser humano”. En política, como en la vida, las palabras tienen consecuencias, y esas declaraciones hoy resuenan como un eco de una equivocación garrafal.
Este fenómeno, tristemente, no es exclusivo de un solo partido o municipio. La exalcaldesa de Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, cayó en una trampa similar, elogiando en su momento al mismo personaje. Dos mujeres en el poder, de distintas filiaciones políticas, unidas por el mismo error de juicio que las exhibe ante la opinión pública. La pregunta que flota en el aire es inevitable y punzante: ¿Qué les daba “El Choko”? No se sabe con certeza, pero lo que sí queda claro es que su respaldo, ya fuera por omisión, ingenuidad o conveniencia, le otorgó un manto de legitimidad a quien hoy enfrenta graves acusaciones.
La operación para su captura es, en sí misma, una sentencia. La intervención de la Fiscalía General de la República (FGR) y la Marina, en pleno corazón de Las Américas, en Ecatepec, evidenció una ausencia notoria: la de la policía municipal. Este hecho no es menor. Confirma una percepción ciudadana de larga data: los delincuentes llegan hasta donde el gobierno se los permite. Cuando la autoridad local se convierte en un mero espectador, normaliza la violencia y deja a su gente a merced de los depredadores.
La detención de “El Choko” y su pareja —quien, para agravar la situación, era funcionaria en la Fiscalía de Tultitlán, presuntamente filtrando información a la organización— es un paso importante. Para los habitantes del Valle de México, representa una bocanada de esperanza, la posibilidad de recuperar una pizca de la paz perdida.
No obstante, esta victoria será efímera si no va acompañada de una profunda reflexión y una acción contundente por parte de las autoridades locales. No basta con capturar a los cabecillas; es imperativo desmantelar las estructuras políticas y de corrupción que les permiten operar con impunidad. Los ciudadanos de Ecatepec y de todo el Estado de México merecen gobernantes con la vista clara y las manos firmes, no líderes que, por un puñado de votos, estén dispuestos a pactar con la oscuridad. La justicia no solo debe alcanzar a quienes aprietan el gatillo o despojan a los débiles, sino también a quienes, desde el poder, se lo facilitaron.