El Mundial del capital y el ejemplo de la sobriedad republicana

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Por: El Ahuizote

La política espectáculo y el deporte de masas han caminado de la mano durante décadas, alimentando un espejismo de unidad nacional que, a menudo, sirve para tapar las grietas de la realidad social. Por ello, la reciente decisión de la Presidenta de la República de no asistir a la fastuosa ceremonia de inauguración del Mundial de fútbol —un torneo anunciado con bombo y platillo desde el pasado sexenio priísta— no debe leerse como un simple desdén protocolario, sino como un acto de profunda coherencia política e ideológica con la izquierda que representa.

Quienes se rasgan las vestiduras y lanzan críticas desde la tribuna de la descalificación ignoran, de forma voluntaria, lo que el fútbol de alta competencia es hoy en día: un negocio corporativo de dimensiones astronómicas. Muy lejos han quedado los mundiales de México 1970 y 1986, donde el deporte aún conservaba una mística popular, un arraigo en los barrios y una accesibilidad real para las mayorías. Hoy, bajo el puño de hierro de la FIFA, el fútbol se ha elitizado de tal forma que se ha convertido en un fenómeno monetario inalcanzable para el ciudadano de a pie.

Ya lo decía con brutal honestidad el magnate televisivo Emilio Azcárraga Milmo cuando afirmó que la televisión en México se había hecho para la “clase media baja, para la gente jodida”, argumentando que su entretenimiento era el consumo pasivo de contenidos desde el televisor debido a la falta de opciones económicas. Esa máxima se cumple hoy con rigurosa precisión: el pueblo ve el mundial a través de la pantalla o de las redes sociales, mientras que las gradas de los estadios son reservadas exclusivamente para quienes ostentan el poder adquisitivo. El fútbol ya no es de las masas; es de los patrocinadores.

La ausencia presidencial pone el dedo en la llaga. En un país con deudas históricas, con localidades donde la injusticia sigue enquistada por culpa de funcionarios que no entienden que el servicio público es para servir y no para servirse, que el mandatario no se preste al circo de la enajenación es un mensaje poderoso. No podemos caer en el engaño colectivo de que una pelota rodando o el sueño guajiro de un campeonato mundial van a cambiar la realidad estructural de las comunidades más vulnerables.

Resulta sintomático ver en los palcos de honor a gobernadores, alcaldes y legisladores que actúan como si en sus estados y municipios no pasara nada. Pareciera que la impunidad les otorga el derecho de desentenderse de las necesidades de las mayorías. En los viejos tiempos del régimen anterior, los alcaldes y gobernantes pedían licencias y permisos cínicamente para ausentarse e irse de viaje a los Mundiales o a los Juegos Olímpicos a costa de los recursos o el tiempo público.

Hoy, la Presidenta ha puesto el ejemplo de la sobriedad republicana. Mientras la oposición busca la crítica superflua para golpear políticamente, la verdadera solidaridad social se demuestra quedándose en el territorio, atendiendo la agenda del país y recordando que el bienestar de la gente está muy por encima del negocio de unos cuantos. Al final del día, los estadios se vaciarán, las luces se apagarán, y la única realidad que quedará será la que se construya trabajando para México, no celebrando en el palco de la FIFA.

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