La 4T bajo fuego amigo: cuando el peor enemigo puede estar en casa

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El Ahuizote.

En el gran teatro de la política mexicana, una vieja máxima del sindicalismo priista, acuñada por el extinto Fidel Velázquez, parece resonar con una vigencia escalofriante en los pasillos de la Cuarta Transformación: “El que se mueve no sale en la foto”. La carrera por la consolidación del proyecto obradorista ha entrado en una nueva fase, una donde las patadas bajo la mesa y el “fuego amigo” parecen ser la nueva normalidad. Uno a uno, los presidenciables que compitieron por las riendas del país y otras figuras de alto perfil en Morena han recibido su golpe y porrazo, en una serie de eventos que desnudan una feroz lucha interna por el poder.

Casualmente, como si de un guion se tratara, las aspiraciones y la reputación de varios notables han sido puestas en jaque. Adán Augusto López Hernández, el exsecretario de Gobernación, ahora carga con el lastre de “La Barredora”. Informes del Ejército que señalan a su exsecretario de Seguridad Pública en Tabasco como presunto miembro de este cártel son una mancha difícil de ignorar, por más que se desestime como “politiquería”.

El golpe también llegó para el diputado Gerardo Fernández Noroña, cuya imagen de tribuno austero y combativo se vio seriamente cuestionada al ventilarse la compra de una casa valuada en 12 millones de pesos. Su defensa, argumentando que no tiene “obligación de ser austero”, choca frontalmente con el discurso que por años ha sido su principal capital político y el pilar de la 4T.

Ni siquiera el círculo más cercano al exmandatario se ha salvado. Andrés López Beltrán, hijo de Andrés Manuel López Obrador y figura vista como un posible heredero político, fue expuesto en un costoso viaje a Japón, visitando lugares de alta gama como la tienda Prada. Las imágenes, difundidas profusamente, alimentaron la narrativa de una élite morenista que predica austeridad pero vive en la opulencia, un golpe directo a la línea de flotación del movimiento.

La lista no termina ahí. Mario Delgado, quien fuera presidente nacional de Morena hasta 2024 y ahora funge como secretario de Educación Pública, fue criticado por un viaje a Portugal, un movimiento percibido como insensible ante las precarias condiciones y demandas del magisterio mexicano. A su vez, Ricardo Monreal, siempre hábil en el juego político, fue captado en uno de los restaurantes más lujosos de España, un acto que, si bien defendió como personal, no deja de sumar a la percepción de una clase política desconectada de la realidad del país que gobierna.

Este patrón de “errores” y exposiciones mediáticas no parece ser una simple coincidencia. Huele a una lucha intestina, a una purga silenciosa donde los aspirantes y operadores con base propia son debilitados uno por uno. En este ajedrez de poder, cada movimiento en falso, cada lujo, cada asociación incómoda es magnificada y utilizada como arma por facciones rivales dentro del mismo partido o los opositores históricos.

En medio de este campo minado, una figura parece caminar con una cautela y una coherencia que la mantienen, hasta ahora, alejada de los escándalos: la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Mientras sus antiguos contrincantes y otros líderes de su partido caen en yerros que minan sus aspiraciones futuras, Sheinbaum se ha mantenido apegada a su guion, proyectando una imagen de disciplina y enfoque en la gestión. Su aparente soledad en la cima, lejos del ruido de las disputas internas, podría interpretarse como una estrategia deliberada o como el resultado de un cálculo político donde otros se desgastan mientras ella consolida su poder.

La situación deja entrever una preocupante dinámica. Mientras algunos, como los Monreal, son señalados por intentar imponer el nepotismo o, como Adán Augusto, por un presunto influyentismo, el proyecto de la 4T enfrenta una amenaza que no proviene de sus adversarios tradicionales. La oposición, encarnada en un PRI y un PAN moralmente derrotados y sin un proyecto claro de nación, parece incapaz de articular un desafío real al partido en el poder.

La reflexión es ineludible: si estas prácticas, tan contrapunteadas con los principios fundacionales de la Cuarta Transformación, continúan, la oposición más eficaz para el proyecto de nación de la izquierda no serán los partidos de siempre, sino los propios morenistas. La lucha por el poder, el “fuego amigo” y la incoherencia entre el decir y el hacer, podrían erosionar desde adentro los cimientos de un movimiento que llegó al poder con la promesa de ser diferente. La foto final de este sexenio podría mostrar a muchos fuera de cuadro, no por moverse, sino por haber sido movidos.